El miedo a la vejez

Por Manuel Volquez/ Santo Domingo, R.D.


Desde que tengo uso de razón he observado que los humanos le temen a la vejez como el diablo a la cruz, como a la muerte. Usan productos farmacéuticos para borrar las arrugas y teñirse el pelo, evitando así el avance de las canas en una torpe e ingenua jugada de retener la apreciada juventud.
La vejez es irrefrenable, es una tortura. Es la cuarta etapa de la evolución humana. Las otras tres: son nacer, crecer y multiplicarnos. 
Hay quienes no logran pasar la primera porque mueren en la faena del parto y otros en la fase del crecimiento debido a la extrema pobreza o por enfermedades catastróficas (derrame cerebral, ataque al corazón o cáncer) y otros factores.
Es una suerte llegar a viejo, aunque muchos no lo desean. Hay que admitir que la ancianidad es una era calamitosa, triste y desafortunada. Se sufre mucho y es la razón por la que las personas muestran preocupaciones cuando se dan los primeros indicios de que la juventud se les aleja.
Se dan situaciones inhumanas de hijos que ingresan a sus viejos en los asilos, dejan de visitarlos, hasta que allí mueren. 
Algunos hijos los llevan a esos lugares para evadir responsabilidades, para salir de ellos, pues los ven como una molestia, una carga familiar. Es una muestra de desprecio y de ingratitud a quienes les dieron la vida.
Otros ancianos son ultrajados salvajemente, golpeados, asesinados, sobre todo cuando se niegan a repartir las herencias en vida.
Nos damos cuenta que estamos envejeciendo cuando disminuyen nuestros reflejos, perdemos fuerza, nos tiemblan las manos y las piernas, olvidamos cosas esenciales como los nombres de nuestros hijos y nietos, se nos acorta la visión y las enfermedades invaden los cuerpos. Es el momento en que los hijos dejan de decirles “papá”, para llamarlos “mi viejo”.
Les impiden opinar en las conversaciones, como antes, porque entienden que ya entraron al espacio de la decrepitud. Incluso, hasta los mandan a callar cuando intervienen y, en menor de los casos, los mandan a acostar en contra de su voluntad, aunque no tengan sueños.
 El maléfico plan es mantenerlos aislados.
Cuando se arriba a la vejez avanzada, se produce un fenómeno estremecedor: la dentadura comienza a debilitarse, se camina lento, con pasos torpes y aumentan los achaques de salud, como el cáncer y el alzheimer, enfermedad mental progresiva que se caracteriza por una degeneración de las células nerviosas del cerebro y una disminución de la masa cerebral.
La vejez avanzada también es un retorno a la infancia. Hay que mimarlos, bañarlos, vestirlos, peinarlos, alimentarlos, llevarlos de brazos a la cama y acostarlos, como a los niños. 

Claro, esas cosas las realizan los buenos hijos. Los malos, los depositan en los asilos o los tiran a la calle.
Muchos envejecientes abandonados por los hijos malos se ganan la vida como mendigos, comiendo desperdicios, duermen debajo de los puentes o en las estaciones de autobuses y terminan muriendo a la intemperie.
Pero resulta que los hijos de hoy, mañana serán viejos, si es que la muerte no los sorprende antes de llegar a esa etapa. ¡Qué ironía!
Tal vez, la descripción más real de esa etapa la hicieron el cantante Alberto Cortez y el dramaturgo francés Víctor Hugo. Veamos parte de las estrofas de la canción “La vejez”, de Alberto Cortez:
“La vejez es la más dura de las dictaduras, la más grave ceremonia de clausura de lo que fue la juventud alguna vez.
“Con admirable destreza, como el mejor artesano, le irá quitando a mis manos toda su antigua firmeza y asesorando al galeno, me hará prohibir el cigarro porque dirán que el catarro viene ganando terreno.
“Me inventará un par de excusas para menguar importancia, que vale más la experiencia que pretensiones ilusas y llegará la bufanda, las zapatillas de paño y el reuma que años tras años aumentará su demanda.
“La vejez, es la antesala de lo inevitable, el último camino transitable ante la duda, que vendrá después de la vejez, es todo el equipaje de una vida dispuesto ante la puerta de salida por la que no se puede ya volver.
“La vejez, está a la vuelta de cualquier esquina, allí donde uno menos se imagina se nos presenta, por primera vez”.
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El miedo a la vejez
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